Calabaza.

31, octubre, 2007

Anoche estuve tallando mi calabaza. Aún falta quitarle todo lo de dentro, rematar detalles y buscar una vela pequeñina para poner estos días mi linterna en la terraza.

¡¡Felices fiestas!!

 

Actualizado, Noviembre 2007: Así es como quedó, apagando la luz…

El mar.

29, octubre, 2007


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*– ¿Por qué el mar es azul? – Preguntó el Príncipe Ignacio.

– ¿Y cómo querías que fuese? – Respondió Ozo Peluchozo  con sorpresa. Ambos caminaban por la arena, siguiendo la línea de playa, aunque más bien era Peluchozo el que caminaba; el pequeño príncipe iba sentado en el hombro izquierdo de su amigo, sujetándose con cuidado de un mechón de peluche marrón.– No sé… hay muchas cosas que son azules y nunca nos preguntamos el por qué. – meditó Peluchozo.- Como tú.

– ¿Yo?

– Tú eres un Príncipe Azul.

– ¡ah! Pero no es que yo sea realmente azul… y el mar sí lo es.

Ozo Peluchozo rió, e Ignacio tubo que sujetarse con más fuerza, porque la risa de Peluchozo hace que todo su cuerpo tiemble.

– ¿Nadie te lo ha contado?-Peluchozo bajó a Ignacio de su hombro, porque cuando contaba una historia le gustaba mirar a los ojos de quien le escuchaba.-¿Puedes creer que hace años tu padre El Rey, fue también un príncipe?

Ozo Peluchozo se sentó en la arena, y puso a Ignacio sobre su rodilla derecha. Se aclaró la voz y empezó:

– Cuando tenía un par de años menos que tú, Eduardo Azul salió paseando con una cesta de Picnic y con mi abuelo Ozo Pardo por esta misma orilla. Aquellos días, el Mar de la Araña era solo el Lago Estrella. Y allí, donde están esos árboles tan frondosos, fue donde pararon a comer.

El Príncipe Eduardo, era realmente un Príncipe Azul y el único que podría hacer honor al nombre. Sus manos, su cara y toda su piel eran azules, y hasta su pelo, ahora totalmente blanco, tenía un gracioso brillo azulado cuando el sol lo bañaba. Los médicos reales le habían dicho a su madre que eso era porque había tardado mucho en nacer, y que se le iría con el tiempo. Pero como los años pasaban y seguía igual, tus abuelos decidieron hacer correr el rumor de que el color se debía a su origen Divino, que su Sangre era Azul.

Pues bien, Eduardo Azul y Ozo Pardo salieron de Picnic una mañana que parecía muy soleada. Comieron nada mas llegar, y luego se pusieron a jugar a la pelota hasta que estuvieron bien cansados. Como Pardo no quería seguir corriendo, decidieron jugar al escondite, y mi abuelo fue quien se quedó contando en uno de los primeros árboles.

Ozo Pardo tardó más de la cuenta en llegar al acordado número ciento cincuenta, porque la abeja Dulcinea (que casualmente vivía en ese mismo árbol) le invitó a miel con nueces, y ese es el postre favorito de mi abuelo.

Para cuando dijo ‘Ciento cincuenta, y voy’ ya estaba atardeciendo, y el cielo parecía estar lleno de nubes oscuras y amenazadoras.

Eduardo Azul se había quedado profundamente dormido en su escondite sobre la copa del nogal, y no oyó como Ozo Pardo le llamaba pidiéndole que saliese para volver al palacio.

Dezpiadada la Araña, también vivía en aquel árbol. Cuando vio a Eduardo pensó que nunca había comido un niño azul, e imaginó cómo debía ser de sabroso. Observó a Ozo Pardo adentrarse en el bosque mientras amasaba su veneno, y comenzó a embadurnar a Eduardo, feliz y contenta porque el príncipe tenía un sueño muy profundo y no lo notaría hasta que llegase a la cabeza.

Dulcinea estaba recogiendo sus alas de recambio tendidas fuera de la colmena, porque sabía que iba a llover, cuando escuchó un grito procedente de las ramas más altas. Voló en silencio entre las hojas hasta que vio a Dezpiadada tarareando una canción mientras con sus patitas daba forma a un bulto blanco con forma de niño.

Horrorizada, Dulcinea calló en picado, y remontó el vuelo casi al llegar al suelo. Buscó a Pardo, que afortunadamente también había escuchado el grito y estaba muy cerca y le dijo lo que había visto.

La tormenta comenzó a descargar todo el agua de las nubes sobre el bosque. Ozo pardo era muy grande intentar subir al nogal ye intentó moverlo apoyando todo su peso en él.

Dezpiadada calló patas arriba a la tercera sacudida, y tras ella, una fina lluvia de gotas azules, que fueron diluyéndose en el pequeño torrente de agua que llegaba del bosque.

Cuando mi abuelo ya estaba completamente desesperado, llegaron a caballo los guardias reales, y uno de ellos subió hasta la rama donde Dezpiadada había dejado a Eduardo.

En vez de un niño encontró un ovillo azul chorreando tinta. Cuando lo partió con su espada encontró dentro al Principe Azul, pero completamente blanco. El veneno de Dezpiadada y la seda con que lo había envuelto habían absorbido todo el color. Fue el color Azul el que le salvó…

– Y la tinta azul mezclada con el agua de lluvia… – Comenzó Ignacio.

– …Fue a parar al Lago Estrella, que se convirtió en un Mar Azul.

  

Inspirado en una frase de El cuentacuentos.

Rosa de Otoño

26, octubre, 2007




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En el Retiro, a finales de Octubre.

Una mañana cualquiera

22, octubre, 2007

Es una mañana cualquiera, de cualquier mes no bisiesto, en un lugar muy cercano. Ella se levanta de la cama con los ojos muy abiertos, pese a que tiene la persiana bajada, las cortinas cerradas, y a que no ha encendido ninguna luz.

Imagínate que esa noche, la anterior a ésta mañana en particular, ella tenía frío. Además de engrosar su cama con una manta más, se puso el pijama nuevo de felpa a cuadros.

A su lado en el suelo, junto a la mesilla de noche, yace de mala manera la bolsa de agua caliente (ya fría) que se escurrió cuando ella estuvo pasada de vueltas. La ha pisado con los pies descalzos, pero bien embutidos en los calcetines de lana con deditos. La impresión de haber pisado a el gato la acompañará toda la mañana.

Otro día,  ella habría encendido la luz lo primero de todo, pero anoche se le fundió la bombilla de la lamparita justo cuando le quedaban dos páginas para saber si Dorian abandonaría o no a Sybila.

Él está roncando a su lado, boca abajo, la cabeza ladeada, la babilla deslizándose hasta el almohadón… durmiendo sobre la sábana, las dos mantas y manteniendo sólo la pierna izquierda bajo el edredón.

Imagínate que esa noche, la anterior a ésta mañana en particular, él llegó a casa después de una supuesta reunión de negocios con un amigo de toda la vida. Él no tenía frío. De hecho, el llegaba muy calentito.

Después de tirar las llaves, la chaqueta y la corbata, en ese orden, sobre el Poto de la entradita, acariciar al gato y olisquear la nevera en busca de algo que no encontró, notó que ella no estaba esperándole en el salón.

Con todo su temple y saber hacer, se desvistió al tiempo que trataba de apuntar centrado en la taza del váter.  Subió muy lentamente a la planta superior, conteniendo la respiración en cada uno de los escalones hacia el dormitorio. Tropezó dos veces, pero de forma muy poco ruidosa, por supuesto. Como la puerta estaba entornada, se deslizó sigilosamente hasta su lado de la cama. Ella dormía, respirando bien fuerte, así que pensó que mejor esa noche no, mientras levantaba capa tras capa de tela, para luego volver a ponerlas en su sitio y optar por dormir ‘por sobre todas las cosas’.

Ella se había fingido dormida, y cada vez que él, ya en su mundo onírico, comenzaba a relajarse, ella se daba la vuelta en la cama de forma indiscutiblemente ruidosa, suspiraba sonora y prolongadamente y volvía a imitar a una bella (pero friolera) durmiente.

Ahora por la mañana es cuando ella, con el corazón en un puño y la vista fija en la pantallita iluminada del despertador digital dibujando las 7:15, trata de decidir si es mejor subir la persiana de golpe o poner en la mini-cadena a todo volúmen el Umbrella de sus clases de fitness. Opta por tomar la linterna de buscar caracoles de él, que anoche usó para seguir leyendo cuando la bombilla se fundió, y le apunta a la cabeza con ella. Nada.

De pronto ella tiene una revelación y ríe orgullosa. Pone sus manos heladas sobre la espalda desnuda del durmiente y oye como resultado un grito de pánico que despierta incluso a el abuelo que se había quitado el audífono, la dentadura y las gafas postizas y dormitaba en la habitación de al lado.

– ¡Aaaaaaaaaaaaaaaaahhhhhhhhhhh!

– Cariño, ¿llegaste muy tarde anoche?-dice ella con voz melosa- Porque no te oí llegar.

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Es una mañana cualquiera, de cualquier mes no bisiesto, en un lugar muy cercano. Ella se levanta de la cama con una sonrisa, descorre las cortinas, levanta la persiana, y se acerca a él con seguridad. Le abraza y le besa en los labios.

– Creo que el abuelo estará aún dormido.

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Se cumplen 100 frases en El cuentacuentos. Esta semana es para los relatos con frase libre. Unos cuantos más, aquí.

Lo que hay en La Cestita

17, octubre, 2007

Un amigo de mi madre nos regaló un buen surtido de procductos de la huerta. Iba a ponerlo sólo en mi blog de cocina, pero como es relativamente nuevo y últimamente no he tenido ni tiempo, ni manera de cocinar/hacer fotos, y es tan bonita… ¡la pondré en los dos sitios!

 Aquí un zoom. Los huevos también nos los dió, y eran muy pequeñines, de pollita dijo. Las berenjenas tambien eran tamaño mini.

Dario y Elisa.

15, octubre, 2007

Las palabras no significan nada, no son importantes, lo que marca son tus actos, y la coherencia de estos con tus palabras.

Una vez, Elisa conoció a un hombre de voz grave y ojos oscuros. Cada día le miraba a través de un espejo, siempre el mismo, pero era sólo una cara más como tantas otras con las que se cruzaba a diario.

Al principio, él no se fijó en ella, o al menos, Elisa no lo notó. Ella estaba ocupada en su rutina, tan preocupada por su propia tristeza, que tampoco le vió a él.

No recuerdo bien como fue, pero Elisa se descubrió de pronto espiando como las manos ágiles de Dario recorrían un teclado y buscando su reflejo en el espejo. Con el paso de los días, sintió como si un deseo no formulado comenzase a perfilarse ¿era posible que estuviesen mirándose ambos a través del mismo cristal?

Elisa se armó de valor, y un día se sentó al lado de Darío. Comenzaron con comentarios casuales, miradas fugaces y las sonrisas bastante inocentes.

Darío invitó a Elisa a tomar café. Aunque no podía creerlo, al final ella terminó apareciendo en el lugar y la hora indicados.

Hablaron sin pensar en qué, y los minutos pasaron en el tiempo que yo hubiese tardado en apagar todas las velas de mi pastel de cumpleaños. Elisa le confesó sus últimas preocupaciones a un extraño, mucho más confiada de lo que jamás estuvo con nadie, y Dario le dió consejos llenos de experiencia.

Al despedirse, él le dijo que se iba de la ciudad, y que sólo tendrían una oportunidad de volver a verse.

 Elisa se dio cuenta de que no sabía que estaba sintiendo, pero aceptó volver a ver a Darío, para ser amigos y conocerse mejor, tal como él había dicho.

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Cuando Darío vio a Elisa esperándole aquella mañana, sonrió: había venido a verle a él. Hasta el último momento, había creído que ella no se atrevería a ir, pero allí estaba.

Caminaron juntos un rato en silencio, y luego él sugirió ver una película en el cine, quizá imaginando poder estar más cerca de ella en la oscuridad… pero por el camino, ella no se dejaba abrazar. Darío lo intentó un par de veces ¡¿no había venido por él?!

– ¿Qué te pasa? – preguntó él al fin – ¿No querías que fuésemos amigos?

– Bueno, pues cuéntame algo más de tí.- Contestó Elisa, visiblemente incómoda, zafándose una vez más.

– Si ya lo sabes todo…

Y Dario se calló. La miraba caminaba a su lado, con la cabeza gacha. Parecía tan frágil y a la vez tan dulce, que tubo una especie de presentimiento: no podía mentirle por más tiempo.

– De acuerdo: Estoy casado y tengo dos hijas. Mi mujer y yo no nos llevamos muy bien, pero lo hemos aceptado. ¿Qué más quieres saber? – dijo de carrerilla.

Dario vio como la cara de Elisa cambiaba poco a poco pasando de sorpresa a verguenza, y se sintió juzgado.

– … pero eso no cambia nada. No quiero mentirte, prefiero que lo sepas todo desde el principio…

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Elisa pasó la tarde tratando de evitar quedarse a solas con Dario. Él intentó besarla una vez, y ella rompió a llorar en una mezcla de rabia e impotencia. Se creía usada y engañada, aunque realmente no había pasado nada entre ellos. Se prometió no volver a verle, y no volvió a escuchar ni una palabra de lo que él decía, porque esas palabras no tenían ya significado para ella.

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Un final amargo, porque Elisa realmente no puede perdonar a Darío, pero se cree culpable [¡Claro qué no lo es! ¿De qué iba a serlo?].

Escrito para la frase semanal de El cuentacuentos, con un poquito del yo que ya no soy. Aunque no es real, esta metáfora la siento así, y ahora seré libre.

Pólvora y Artificio

10, octubre, 2007


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Al final, me cambiaron la cámara de fotos por otra, el siguiente modelo, y me devolvieron la diferencia de precio. No es lo mismo, tiene menos zoom óptico y es de otro color, pero después de tres meses… tenía ganas de una.

El fin de semana estuve intentando hacer fotos de noche, y esto es lo que salió.

Este fin de semana, con el puente y las fiestas, me esperan tres días que volverán a pasar tan rápido como el último fin de semana.