Otro que cae…

26, diciembre, 2007

A falta de unos días para cumplir un año más, no he preparado mi lista de buenos propósitos, ni hice un resumen de lo que ha sido lo bueno o lo malo en esta etapa… bastante tengo con tener que añadir otro número a mi lista.

No sé como ha sucedido, ni que marcó el cambio, pero hasta ahora me había gustado cumplir años. Para mí era una ilusión, una cuenta atrás que comenzaba cada uno de diciembre y terminaba al llegar al día D.

Pero ¿y ahora?. Ya no es lo mismo…

Y desde luego, odio que me digan: ‘oh, sí, hemos perdido tanta gente que es normal que no tengas felicidad‘. Me lo han repetido tantas veces esta semana que ya he optado por no decir nada y dar una estúpida sonrisa cumplida.

¿hay que vivir siempre en el pasado? Nooooo. ¿No me lo repiten tanto? ¿Por qué tratan de amargarme ahora?

Quizá es tan simple como descubrir quién son en realidad los Reyes Magos, o el Ratón Pérez. Quizá ya desperté a la realidad de envejecer.

Me da miedo descubrir que toda esa gente que venía a celebrar conmigo lo hacía sólo por cumplir, y no porque realmente sintieran que querían hacerlo.

Temo que llegará el día D, y por primera vez en mi vida, estaré sola preparando tarta, y pensando lo estúpido que es no tener nadie con quien ser realmente yo, a quien no le importe cómo soy.

No quiero despertar, pero ya estoy comenzando a despegar las pestañas…

P.D.  A pesar de todo… ¡¡Feliz año Nuevo!!

Pileta

12, diciembre, 2007


Pileta

Originally uploaded by synn_s.

Este fin de semana perdí la cámara de fotos. Luego la encontré en el taxi que me llevó a casa, 20 horas después.

Fue algo traumático, porque todo el mundo decía que mi relacción con las cámaras digitales está maldita, y que debería volver a la Cónica de carrete…

Y luego están todas esas fotos que se podían haber perdido. 700MB de fotos no guardadas en ningún sitio nada más que en la cámara desaparecida.

Otoño

10, diciembre, 2007

Cuando se quiso dar cuenta, era otra vez otoño. El Príncipe Eduardo Azul cabalgaba al paso sobre su caballo, Moteado. A sus dieciséis años, Eduardo ya no era Azul, pero había cambiado el color púrpura de las vestimentas reales, por el Azul Marino de sus ropas de montar.

Moteado intentaba trotar, pero Eduardo mantenía firmemente sujetas las riendas y acariciaba su piel vainilla cariñosamente cuando le notaba más nervioso. Si hubiese podido hablar, le habría dicho con voz aguda:

Príiiiiincipe, ¿Por queeeeeé vamos en cíiiiiiirculos? ¿No está la hieeeeerba del laaaaaaago más veeeeeerde?

Pero lo que realmente salió de su boquita de caballo fue un relincho suave y un húmedo salpicón de babas (de caballo), que hicieron que Eduardo decidiese apretar el paso hacia una zona más soleada.

Ésta no era la primera aventura que El Príncipe decidía tener, pero sí la primera en la que realmente parecía tener el control de la situación.

En una de sus clases de historia, Ozo Pardo le había hablado de la fuente de la Eterna Confianza, que estaba oculta en el bosque de Prado Salvaje. Obviamente, muchos caballeros la habían buscado pero tan solo uno de ellos había conseguido volver con pruebas de su existencia. El problema era que el Caballero Arturo de la Redondez había desaparecido en un agujero interdimensional cuando llegó a palacio con su cantimplora llena de agua para la reina. Sólo pudo decir:

Para vos, mi señora. ¡La he probado y tiene gusto a Ginebra!

Con un sonoro ‘plof’ desapareció en un agujero que salió en el suelo, entre un extraño juego de luces, con armadura y cantimplora incluidas. No volvió, pero en su lugar quedó un precioso perrito de raza indefinible y pelo lanoso que no hablaba ningún idioma conocido en Palacio.

El príncipe, deseoso de abandonar la seguridad de palacio, había apuntado en su diario todos los pormenores que narraba Pardo a cerca de la fuente. Trató de hablar con Teodoro Rodríguez, el perrito lanoso, pero no consiguió sacar nada en claro de su endiablada cháchara de ladridos.

No es que Eduardo Azul necesitase el Agua de la Confianza Eterna, lo que tenía en mente más bien era el viaje interdimensional de Arturo de la Redondez. 

Tras unos días de meditación, decidió repetir los pasos del Caballero. Sabía que el viaje había comenzado en otoño, que Arturo había caminado en en círculos sobre hojas doradas rodeando el bosque y que el agua sabía a Ginebra.

Esta vez, era el quinto día de Otoño en Prado Salvaje. Llevaba ya tres fuentes: Agua pura, Agua Estancada y Vino Tinto. La cosa marchaba bien, porque el año anterior, en su primer intento, se había quedado en Agua Estancada con fuertes dolores de estómago. Ese mismo día, tras probar con Vino Tinto, había encontrado una de las botas de Arturo de la Redondez, firmada y dedicada por el propio Caballero, que rezaba:

Aquí bebió A.R., saldador de deudas, hombre de honor, metro ochenta, ojos verdes, soltero. Villaseca, Junto a palacio. Tercera casa del tejado de paja a la izquierda.’

***Continuará.***

Otras historias con el mismo comienzo en El Cuentacuentos.

Turbulencias

4, diciembre, 2007

Las turbulencias presagiaban lo peor. Mayte cerró los ojos y trató de pensar en otra cosa.

– Llegando a Medellín, llegando a Medellín…- repetía un hombre joven, sentado a su derecha.

Mayte le miró. Estaba muy pálido, y parecía no poder parar de moverse en su propio asiento.

– Esto no es nada – dijo intentando tranquilizarle.- cierra los ojos y respira hondo…

– ¡No lo entiendes! ¡Tengo que llegar!

– Sí, todos vamos a llegar.

– Llegando a Medellín, llegando a Medellín…

Mayte suspiró. No era el primer ataque de pánico que veía en su vida y esperaba que no llegase a ser uno de esos en los que el implicado llega ponerse violento. En la ventanilla vio su propio reflejo, tembloroso por las sacudidas, y se recolocó un mechón rubio.

Las azafatas les habían pedido que se abrochasen los cinturones y luego habían desaparecido por el pasillo, entre los murmullos del pasaje. Arturo, sentado a su lado, había pedido explicaciones, pero le habían respondido con un ‘Es algo rutinario’ algo confuso.

Sobre la mesa plegable de su asiento la Moleskine en la que había estado escribiendo se movía a ritmo regular, marcando un pausado 3 por 4. Miró a Arturo, que a su izquierda comenzaba a tararear.

Piano, piano… uun, doos, tres, uun, doos, tres… 

– Arturo, no es el momento – dijo Mayte, y cogió la mano del hombre, que empezaba a describir el compás en su tramo ascendente.

Él sonrió. Ella no tubo más que mirar sus ojos cálidos para sentirse mejor. Le acarició la barba con la punta de los dedos y sintió el calor que emanaba su piel.

– Mi dulce Arturo, Héroe de Leyenda…

– Llegando a Medellín, llegando a Medellín…

El hombre de su derecha parecía cada vez más nervioso. Arturo se desabrochó el cinturón y se acercó a él por encima de Mayte, y ésta le rodeó con sus brazos.

– ¿Cómo te llamas, amigo? – Preguntó con voz calmada.

El tono de voz de Arturo y la barba plateada con mechones oscuros que lucía desde hacía poco, le daban cierto aire de autoridad. El asustado hombre le miró sorprendido.

– Javi, Javier. – vaciló.

– Javi, escúchame…

– …me esperan en Medellín…

Una sacudida más violenta que las últimas agitó el avión. Javier ahogó un grito con las manos, mientras el cuerpo de Arturo salía disparado al pasillo. Mayte sintió como se la escurría entre los brazos, y rápidamente se quitó el cinturón y se dirigió hacia el lugar en el que él había caído.

Todo el mundo estaba muy agitado y varios objetos habían saltado por los aires. Arturo estaba inconsciente.

 – ¡Qué alguien me ayude! – gritó Mayte mientras se agachaba sobre él- ¡Qué alguien haga algo! ¡¡socorro!!

[¿Demasiada acción? naaaaahh. Sé que es un final muy abierto, y que a mucha gente no le gustará, pero tiene que ser así. Quizá porque espero escribir mas sobre estos personajes, o quizá porque es sólo una escena…]

Otros relatos con el mismo comienzo en El cuentacuentos.

De Parecidos…

3, diciembre, 2007

Sin que nadie me invite, me sumo a la búsqueda de Kaffeine: Parecidos famosiles. En este caso yo me parezco a :

No lo hubiese imaginado… jejeje.