Otoño

10, diciembre, 2007

Cuando se quiso dar cuenta, era otra vez otoño. El Príncipe Eduardo Azul cabalgaba al paso sobre su caballo, Moteado. A sus dieciséis años, Eduardo ya no era Azul, pero había cambiado el color púrpura de las vestimentas reales, por el Azul Marino de sus ropas de montar.

Moteado intentaba trotar, pero Eduardo mantenía firmemente sujetas las riendas y acariciaba su piel vainilla cariñosamente cuando le notaba más nervioso. Si hubiese podido hablar, le habría dicho con voz aguda:

Príiiiiincipe, ¿Por queeeeeé vamos en cíiiiiiirculos? ¿No está la hieeeeerba del laaaaaaago más veeeeeerde?

Pero lo que realmente salió de su boquita de caballo fue un relincho suave y un húmedo salpicón de babas (de caballo), que hicieron que Eduardo decidiese apretar el paso hacia una zona más soleada.

Ésta no era la primera aventura que El Príncipe decidía tener, pero sí la primera en la que realmente parecía tener el control de la situación.

En una de sus clases de historia, Ozo Pardo le había hablado de la fuente de la Eterna Confianza, que estaba oculta en el bosque de Prado Salvaje. Obviamente, muchos caballeros la habían buscado pero tan solo uno de ellos había conseguido volver con pruebas de su existencia. El problema era que el Caballero Arturo de la Redondez había desaparecido en un agujero interdimensional cuando llegó a palacio con su cantimplora llena de agua para la reina. Sólo pudo decir:

Para vos, mi señora. ¡La he probado y tiene gusto a Ginebra!

Con un sonoro ‘plof’ desapareció en un agujero que salió en el suelo, entre un extraño juego de luces, con armadura y cantimplora incluidas. No volvió, pero en su lugar quedó un precioso perrito de raza indefinible y pelo lanoso que no hablaba ningún idioma conocido en Palacio.

El príncipe, deseoso de abandonar la seguridad de palacio, había apuntado en su diario todos los pormenores que narraba Pardo a cerca de la fuente. Trató de hablar con Teodoro Rodríguez, el perrito lanoso, pero no consiguió sacar nada en claro de su endiablada cháchara de ladridos.

No es que Eduardo Azul necesitase el Agua de la Confianza Eterna, lo que tenía en mente más bien era el viaje interdimensional de Arturo de la Redondez. 

Tras unos días de meditación, decidió repetir los pasos del Caballero. Sabía que el viaje había comenzado en otoño, que Arturo había caminado en en círculos sobre hojas doradas rodeando el bosque y que el agua sabía a Ginebra.

Esta vez, era el quinto día de Otoño en Prado Salvaje. Llevaba ya tres fuentes: Agua pura, Agua Estancada y Vino Tinto. La cosa marchaba bien, porque el año anterior, en su primer intento, se había quedado en Agua Estancada con fuertes dolores de estómago. Ese mismo día, tras probar con Vino Tinto, había encontrado una de las botas de Arturo de la Redondez, firmada y dedicada por el propio Caballero, que rezaba:

Aquí bebió A.R., saldador de deudas, hombre de honor, metro ochenta, ojos verdes, soltero. Villaseca, Junto a palacio. Tercera casa del tejado de paja a la izquierda.’

***Continuará.***

Otras historias con el mismo comienzo en El Cuentacuentos.

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10 Responses to “Otoño”

  1. Carabiru Says:

    Me encanta!!
    (No había leído el otro, y también me gusta)

    Estoy deseando saber más!

    Salu2

  2. Miki Says:

    Juasssss qué relato tan divertido!!! Me ha gustado mucho jajaja. He visto que tienes ahi el link hacia la primera parte y como no me la he leído lo haré ahora jaja. Estaré impaciente por leer la tercera parte!!

    Un abrazo!! xD

  3. Maria Says:

    Me encantó, me encantó, me encantó!!!

    Pero necesito irme a leer la primera parte (que no sé pq narices no lo hice en su día. Bueno sí… imagino que no disponía de tiempo… Mil perdones.)

    Te dejo mil besotes y otros tantos aplausos que, de verdad, que me parece una historia más que buena!

  4. Jara Says:

    Desde luego es diferente y muy curiosa. La primera parte me ha encantado. No la había leido. Pero me ha parecido muy original, al igual que ésta.

    Seguiré atenta a esta aventura porque desde luego no tiene desperdicio. En serio.

    muchos besos.
    nos leemos

  5. kloverkirov Says:

    🙂

    Un relato encantador, tiene aire de cuento para niños (yo me lo he ido imaginando con ilustraciones en colores suaves y todo ^^) pero a los que se nos supone adultos (o algo así) (o por lo menos a mi, no puedo generalizar que no a todo el mundo le gustara…) también nos atrapa con el lazo. ¿Lo mejor? Los nombres ^^

    ¡Un saludejo y hasta otra!


  6. ¡Pero que bonito! La verdad es que ese Ozo Pardo es una invención genial , mucho más que le protagonista. Por cierto la dedicatoria de Arturo es un detalle genial en todo su surrealismo, a mí me ha encantado.

    Un saludo,

    Pedro.

  7. ninive Says:

    Lejos de la estricta ley de caballerías y épica creas un original estilo entre cuento y leyenda, donde la fantasía se adentra por la bruma de los tiempos no a base de sangre y muerte sino de misterio e imaginación.
    Maravillosa narración!
    Un abrazo

  8. Hellraiser Says:

    Increible.
    La historia cómica más cachonda (la expresión la digo llanamente…), que he leído en Cuentacuentos.
    Espero seguirla!
    Un abrazo!

  9. Niobiña Says:

    Príncipe Eduardo Azul… mmmm… O sea que es el Príncipe Azul!!! :O :O :O :O :O

    jajajaja… Me he reído mucho… Genial tu relato.

    Besines de todos los sabores y abrazos de todos los colores.

  10. scry Says:

    ¡me parece más mona la historia! yo quiero másssss!!!
    ¿has hecho adrede eso de que arturo digera que sabía a ginebra? 😛
    ¡un besote wapa y feliz navidad!


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