D.e.p.

3, diciembre, 2008

El cielo se puso amarillo poco antes de que cerrasen la cajita en la que la abuela dormía. Mientras el sacerdote hablaba, dos señores de negro y los primos Tobías y Angelo sacaban la caja de la casa.

Fue entonces cuando Dios se puso a llorar. En los veinte metros que hay desde la puerta de hierro verde al final del callejón,  millones de diminutas lágrimas congeladas nos golpearon con fuerza, pero no dolían.

Dolía ver a mamá, que a penas podía caminar mientras papá la sujetaba por los hombros, y a la tía Claudia, con la cara hinchada y los ojos desorbitados.

El camino que recorrimos hasta la iglesia, fue sobre canicas blancas. Algunos vecinos nos acompañaron. Alguno suspiró, otro pareció querer llorar, igual que Dios lo estaba haciendo.

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En memoria de la madre de mi querida amiga Barbie, que murió entre sueños, después de una larga enfermedad, el Primero de Diciembre.

Cuando al fin cerraron el nicho, el sol salió radiante. Entonces nos dimos cuenta de que ya no estaba.