Braide

2, octubre, 2012

La princesa Braide  pensó que se le partía el corazón, pero era incapaz de llorar. Se sentó en su cama y escuchó el gastado sonido del silencio en su alcoba.

Todavía podía ver los labios de su amiga despidiéndose como a cámara lenta.

‘Que os valla bien en todo’.

Era un punto y final, un hasta nunca. El vacío era tan grande que pesaba incluso más que el aire que le rodeaba. Le daba la impresión que no sólo perdía una amiga, si no que perdía una parte de su vida.

‘No volveré a los torneos de caballos, no volveré a estar a su lado en el palco, ni volveré a formar parte de sus reuniones de bordado.’

No había hecho nada para evitarlo. No había movido los labios, tan sólo había sonreído como una estúpida, como siempre que estaba con ella. La Reina Madre se había ocupado de todo.

‘Tenemos otros proyectos para Braide ahora.’ Había dicho.

Durante un segundo los pajarillos habían dejado de cantar. Pero sólo un segundo. La Reina había vuelto a parlotear animadamente, como siempre. Braide ya no escuchaba. Tenía la certeza de que una parte de si misma se estaba arrancando de su propia piel para quedarse en ése mismo lugar.

Y mientras su amiga se marchaba, se giró para atesorar en su mente ésos rizos negros y ése vestido azul y despedirse de el aroma y el sonido de aquella voz, que no volvería a escuchar jamás.

El Abuelo y la Parra.

18, octubre, 2011

 

Hoy he soñado con mi abuelo J.

Se abre el telón y se muestra una reunión familiar, en un patio rodeado de frutales, en lo que es posiblemente una merienda primaveral, pero la acción se focaliza en los dos personajes que están más cercanos a la parra.
Uno de los personajes, ABUELO, se abraza a la parra en actitud divertida.
SYNN: ¡Ay mi monito! (Haciendo carantoñas y abrazando a ABUELO).
ABUELO: (Sin dejar de abrazar la parra) Te quiero mucho Synn, te quiero.

He soñado DOS VECES hoy con ésta misma escena. Una de las veces vi que había mucha gente a mi alrededor, pero que estaban ajenas a todo. Era el patio de Casa, sí, pero Casa había desaparecido. La parra era uno de los árboles favoritos de él. Él no era muy cariñoso nunca.

Dos extraños

19, septiembre, 2008

Siempre soñé con convertirme en una parte de tí. Tus gafas por ejemplo. Viajar a tu lado pegada a tu nariz, viendo lo que tu miras…

Estar cerca de tus suspiros, notar el rubor de tus mejillas y apoderarme de tu esencia desde un lugar privilegiado.

Estar junto a tí, sí…

Estando tan pegada a ti seguirías sin notar mi presencia, pero por las noches me cogerías entre tus manos, y con una caricia repasarías mis curvas, me darías tu aliento… estaríamos por unos intantes siendo cómplices de un momento sólo nuestro, disfrutándo de nuestra cercanía… y luego me dejarías en la mesilla, junto a tu cama, para que vigile tus sueños.

Y no seríamos dos extraños…

Post original, 11 de Septiembre de 2006.

¿Puedes creer que me pongo a leer cosas que escribí hace tiempo, y me entretienen igual que si las estuviese leyendo por primera vez?

Creo que es porque en el fondo son una parte de mi que necesita continuación, y me engancha… ¡Qué egolatra soy!

De todas formas no consigo hacer algo lo suficientemente largo…

Pesadilla

16, septiembre, 2008

Frase de Brian E.H.:”Todo comenzó cuando Blanquita se comió a sus cachorros.”

Todo comenzó cuando Blanquita se comió a sus cachorros. Era el tercer fin de semana de Septiembre y había comenzado a llover con furia sobre mí mientras cruzaba a grandes zancadas la polvorienta Calle de La Plata.

– ¡Se los ha comido! – oí que gritaba Amelia desde la casa de enfrente – ¡Blanquita se los ha comido a todos!

Un relámpago amarillento precedió al sonoro trueno que me hizo tropezar con el bordillo de la acera. Un segundo relámpago iluminó mi caída, o quizá se trataba tan solo del Dedo Divino que marcaba de esa forma mi entrada en el extraño mundo onírico en el que me ahora me encuentro…

Cuando Blanquita me cogió con sus patas delanteras y abrió sus fauces para darme un bocado, empecé a sospechar que algo no estaba bien. El tiempo se demoró en su fluir de segundos, y todo comenzó a discurrir a cámara lenta.

– ¡See…los… haa… coo…mii…doo…!

La voz de Amelia sonaba gutural e inconstante. Miré hacia el lugar de dónde creí que venía la voz y vi el cuerpo de Amelia sin cabeza, al lado de una de las enormes patas traseras de Blanquita.

Horrorizado, comencé a patalear, pero mi ascenso hacia la faz del animal continuaba lento e implacable.

– ¡Blanquita! -grité intentando a la vez zafarme- ¡Soy yo! ¡El vecino!

Una brusca sacudida me hizo pestañear. Un relámpago y un trueno. En un abrir y cerrar de ojos he pasado a encontrarme en una caseta de perro, abrazado a cuatro crías recien nacidas. Todo está tan sobredimensionado que ya no me extraña que mi tamaño sea igual al de ellas.

– Es un sueño, un sueño…

Oigo una fuerte respiración sobre mi hombro, y un leve gruñido.

– ¿Blanquita? -Pregunto. Mi voz tiembla. Sigue lloviendo.

Final de Escena (24)

6, febrero, 2008

En el anterior post planteé un diálogo, era una situación por la que he pasado y que no me hace sentir muy feliz conmigo misma…

No puse el final, es cierto… puede que por no enfrentarme a ello, así que voy a tratar de ser valiente y confesar. Enlazo el final:

¿Sabes? -dices- Tengo que decirte algo. El no ya lo tengo, así que no pierdo nada… Llevo un tiempo pensándolo…

No lo intentes, por favor. -digo- Mi vida está empezando a ir bien ahora, no quiero complicarla, no es el momento.

– ¡Pero yo no podré esperar por siempre! Algún día me cansaré de buscarte, de esperar que aparezcas. Ya te quedan pocas oportunidades.

Me quedo pensando un instante y tu notas que dudo. No eres tú. No eres él.

– Me tengo que ir. Adiós.

– Solo piensalo – Dices, y me miras mientras me marcho. – Espero volver a verte. Ven mañana, saldré a la misma hora.

– Perdóname. – Digo, aunque no estoy segura de si has entendido el porqué. – No quiero hacerte sufrir.

Sigo caminando. En un momento dado, me giro y allí estas. Me saludas con la mano y me señalas con un dedo.

Van a pasar días, e incluso meses, antes de que vuelva a verte. Al principio evitaré encontrarte. Luego simplemente desaparecerás.

Tú y yo.

6, noviembre, 2007

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Una mancha de vino en el mantel. Tú y yo enfrentados en la mesa, y entre nosotros tan solo la mancha y nuestro silencio. Esquivando miradas y sonriendo nerviosos esperamos, preguntándonos quién será el primero que hable.

En otra mesa una pareja discute. Él tira su servilleta a la mesa, chocando ésta contra la copa, y creando una nueva mancha de vino. “Siempre has sido un cretino” dice ella levantándose “Ve a dormir con tu amiga Flavia“.

Cerca de ellos, un bebé comienza a llorar. Una mujer joven lo coge en brazos y le llena de arrumacos, mientras su compañero, bastante mas mayor que ella, suspira aburrido. “No deberíamos haber salido, todo el mundo nos va a mirar” dice él tomando un largo trago de su copa de vino tinto, que luego vuelve a situar perfectamente centrada sobre la mancha en el mantel.

En la cocina, el primer ayudante corre de un lado a otro cortando, picando, mezclando. Hoy todo el mundo ha venido a la misma hora, el restaurante está completo y han tenido que doblar mesas. ¿habrá suficientes manteles?

Uno de los camareros termina de montar una mesa y deja un par de cartas a los dos hombres de otra mientras les toma nota de la bebida. “¿Un borgoña, Julio?” pregunta uno de ellos, intentando coger la mano del otro.

Cuatro chicas se sientan junto a mesa vacía, parloteando sin cesar. “Y luego nos pasamos por un boys” ríe una “¿Pero no íbamos a celebrar la despedida tranquilas?” suplica otra.

Nuestro camarero vuelve con un plato de fresas con nata para ti y un brownie para mí. Te sonrío con la primera cucharada de mi postre.

– ¿sabes? – me susurras- Yo conozco a Flavia.

Con tu mirada señalas a la chica con el bebé en brazos. Yo miro como Flavia ha conseguido calmar al bebé y lo pone en su cochecito. Antes de sentarse se acerca a su pareja y lo besa suavemente en los labios.

– ¿La Flavia con la que tiene que dormir ese infeliz? – pregunto indicando con la cabeza a el hombre que está ahora sólo en su mesa, firmando el reporte de su visa.

– Sí, ¿no es curioso que hayan coincidido esta noche aquí?

Tú me miras con tus ojos avellana, y saboreas una de tus fresas. No puedo parpadear, porque me tienes bajo tu hechizo. Te vuelvo a sonreír.

El grupo de amigos de la mesa del fondo empieza a cantar el cumpleaños feliz, abrazándose unos a otros mientras se mueven al compás.

– ¿y nosotros…? – Comienzo a preguntar.

A nuestro lado, Julián se arrodilla y le da una cajita a su pareja. “No puedo esperar al postre, Jon” dice, mientras a Jon se le saltan las lágrimas.

– Siempre recordaré éste día -dices- Tú, yo, una mancha de vino en el mantel… y el tiempo parece detenerse entre nosotros, pero no dejan de suceder cosas alrededor.

– Tú y yo – repito.

Y me embrujas con un roce de tu mano en mi mejilla. Siento que te acercas y mi pulso se acelera.

– No hay nadie. -Susurro- Sólo tú.

Y el mundo desaparece con tu beso.

Más historias con el mismo comienzo en el cuentacuentos.

El mar.

29, octubre, 2007


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*– ¿Por qué el mar es azul? – Preguntó el Príncipe Ignacio.

– ¿Y cómo querías que fuese? – Respondió Ozo Peluchozo  con sorpresa. Ambos caminaban por la arena, siguiendo la línea de playa, aunque más bien era Peluchozo el que caminaba; el pequeño príncipe iba sentado en el hombro izquierdo de su amigo, sujetándose con cuidado de un mechón de peluche marrón.– No sé… hay muchas cosas que son azules y nunca nos preguntamos el por qué. – meditó Peluchozo.- Como tú.

– ¿Yo?

– Tú eres un Príncipe Azul.

– ¡ah! Pero no es que yo sea realmente azul… y el mar sí lo es.

Ozo Peluchozo rió, e Ignacio tubo que sujetarse con más fuerza, porque la risa de Peluchozo hace que todo su cuerpo tiemble.

– ¿Nadie te lo ha contado?-Peluchozo bajó a Ignacio de su hombro, porque cuando contaba una historia le gustaba mirar a los ojos de quien le escuchaba.-¿Puedes creer que hace años tu padre El Rey, fue también un príncipe?

Ozo Peluchozo se sentó en la arena, y puso a Ignacio sobre su rodilla derecha. Se aclaró la voz y empezó:

– Cuando tenía un par de años menos que tú, Eduardo Azul salió paseando con una cesta de Picnic y con mi abuelo Ozo Pardo por esta misma orilla. Aquellos días, el Mar de la Araña era solo el Lago Estrella. Y allí, donde están esos árboles tan frondosos, fue donde pararon a comer.

El Príncipe Eduardo, era realmente un Príncipe Azul y el único que podría hacer honor al nombre. Sus manos, su cara y toda su piel eran azules, y hasta su pelo, ahora totalmente blanco, tenía un gracioso brillo azulado cuando el sol lo bañaba. Los médicos reales le habían dicho a su madre que eso era porque había tardado mucho en nacer, y que se le iría con el tiempo. Pero como los años pasaban y seguía igual, tus abuelos decidieron hacer correr el rumor de que el color se debía a su origen Divino, que su Sangre era Azul.

Pues bien, Eduardo Azul y Ozo Pardo salieron de Picnic una mañana que parecía muy soleada. Comieron nada mas llegar, y luego se pusieron a jugar a la pelota hasta que estuvieron bien cansados. Como Pardo no quería seguir corriendo, decidieron jugar al escondite, y mi abuelo fue quien se quedó contando en uno de los primeros árboles.

Ozo Pardo tardó más de la cuenta en llegar al acordado número ciento cincuenta, porque la abeja Dulcinea (que casualmente vivía en ese mismo árbol) le invitó a miel con nueces, y ese es el postre favorito de mi abuelo.

Para cuando dijo ‘Ciento cincuenta, y voy’ ya estaba atardeciendo, y el cielo parecía estar lleno de nubes oscuras y amenazadoras.

Eduardo Azul se había quedado profundamente dormido en su escondite sobre la copa del nogal, y no oyó como Ozo Pardo le llamaba pidiéndole que saliese para volver al palacio.

Dezpiadada la Araña, también vivía en aquel árbol. Cuando vio a Eduardo pensó que nunca había comido un niño azul, e imaginó cómo debía ser de sabroso. Observó a Ozo Pardo adentrarse en el bosque mientras amasaba su veneno, y comenzó a embadurnar a Eduardo, feliz y contenta porque el príncipe tenía un sueño muy profundo y no lo notaría hasta que llegase a la cabeza.

Dulcinea estaba recogiendo sus alas de recambio tendidas fuera de la colmena, porque sabía que iba a llover, cuando escuchó un grito procedente de las ramas más altas. Voló en silencio entre las hojas hasta que vio a Dezpiadada tarareando una canción mientras con sus patitas daba forma a un bulto blanco con forma de niño.

Horrorizada, Dulcinea calló en picado, y remontó el vuelo casi al llegar al suelo. Buscó a Pardo, que afortunadamente también había escuchado el grito y estaba muy cerca y le dijo lo que había visto.

La tormenta comenzó a descargar todo el agua de las nubes sobre el bosque. Ozo pardo era muy grande intentar subir al nogal ye intentó moverlo apoyando todo su peso en él.

Dezpiadada calló patas arriba a la tercera sacudida, y tras ella, una fina lluvia de gotas azules, que fueron diluyéndose en el pequeño torrente de agua que llegaba del bosque.

Cuando mi abuelo ya estaba completamente desesperado, llegaron a caballo los guardias reales, y uno de ellos subió hasta la rama donde Dezpiadada había dejado a Eduardo.

En vez de un niño encontró un ovillo azul chorreando tinta. Cuando lo partió con su espada encontró dentro al Principe Azul, pero completamente blanco. El veneno de Dezpiadada y la seda con que lo había envuelto habían absorbido todo el color. Fue el color Azul el que le salvó…

– Y la tinta azul mezclada con el agua de lluvia… – Comenzó Ignacio.

– …Fue a parar al Lago Estrella, que se convirtió en un Mar Azul.

  

Inspirado en una frase de El cuentacuentos.