Gatito

30, enero, 2008




Pelu-Kat

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Una mañana soleada y un gato perezoso.

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Todas aquellas palabras que en su época fueron escritas por alguien, en la superficie de la tierra o bajo ella, estaban siendo absorbidas por el puntiagudo sombrero de Melfo.

El pequeño hombrecillo se había propuesto ser un villano: el malo más maléfico de todo Minframundo. Durante semanas había buscado conjuros y reunido toda la magia que pudo conseguir para llevar a cabo el plan que le elevaría hasta la gloria de los más malos del universo.

En ese momento estaba en el salón de su casa con sus peludas orejitas más coloradas de lo habitual y dando pequeños saltitos alegres alrededor de la mesa donde había dejado su sombrero. Melfo iba repitiendo algunas de las palabras según iban pasando por delante de su nariz y desapareciendo en él de forma totalmente fortuita.

– Sardinas… endiablado… aún… los… Dorian… por siempre… sin… decapitadlos… contra… argucia… mitad… a…  Ford… afrodisíaco… ¡feroz!

Sus pequeñas manos verdes aplaudían con emoción cada vez que una palabra terminaba en ‘z’. Melfo adoraba esa letra.

Es posible que todas las palabras escritas hubiesen desaparecido para siempre si Mada no hubiese llegado en el preciso instante en que ‘embarcadero‘ era engullida.

Melfo dio un respingo y se puso el sombrero en la cabeza, vomitando un ‘colorín colorado’ muy esclarecedor, apoyándose en la mesa y tratando luego de silbar una melodía inocente.

Si había alguien a quien Melfo temía, esa era Mada.

– Melfo ¿Qué son esas letras que han salido de tu boca?- preguntó Mada con tono reprobador.

– ¿Qué ‘hip-FORASTERO-hip’ palaf‘hip’bras?

Melfo había tratado de contenerlas, pero de su boca salieron perfectamente dibujadas cada una de las letras de la palabra ‘forastero’.

– Melfo…

– ¡Madita mía! ‘pf…BORRASCOSO‘.

La boca de Melfo dibujó una gran O para dejar salir la última de las letras y ya no pudo parar. Una a una fueron saliendo todas en orden inverso a por el que habían entrado.

Mada esperó con el ceño fruncido y los brazos cruzados a que todas las palabras robadas saliesen de la  boca de Melfo. Luego se mordió el labio inferior y tras un suspiro prolongado dijo:

– Otra vez tratando de conquistar el mundo ¿no Melfo?

Melfo retrocedió un paso mientras negaba con la cabeza.

– Esta noche duermes en el sofá.

– Mada, ¡si no hago nada malo!

Más historias con el mismo comienzo, en el cuentacuentos.

MANIFESTACION

25, enero, 2008


MANIFESTACION
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Este fin de semana estuve en una manifestación silenciosa contra la violencia de género.

Realmente no conocía a la chica a la que su ex intentó matar (de ocho puñaladas), pero sí que me dijeron que me crucé con ella un par de veces.

No entiendo el porqué de La maté porque era mía y no me quería.

Es triste que cosas así sucedan.

Poema 105

18, enero, 2008

Se truncó la noche en áspera y feliz,

en oscura y con destellos

(yo creo que por las farolas).

*

Se le olvidaron mi cabeza pensar

y a mis ojos pestañear

(enfermos de locura los supongo).

*

Y fue entonces cuando mi pié,

impetuoso y alocado,

decidió por su propia cuenta tropezar

y que el resto de mi cuerpo 

cayese a los tuyos

(¡divino traidor!).

*

Cual ángel salvador tu torso

inclinó hacia mi tus brazos

(suaves, salvadores, abrazadores).

Y mi cerebro anhelante de pasión

despertó al tiempo que ordenaba:

‘¡labios para qué os quiero!’

(¡qué dulce momento hubiese sido!).

*

Pero el tuyo

mas rápido que el mío,

apagó las luces de mis ojos

con una sonora cachetada.

(Aún duele tu recuerdo).

*

Y hemos cruzado nuestros caminos,

mi noche sigue siendo áspera y oscura

feliz y con destellos

pero ya puedo pensar,  pestañear

y soñar despierto

con mi beso robado.

Escrito con una frase de El cuentacuentos.

Hilde, Adrien, Alfonse.

14, enero, 2008

Quiero pedir perdón a quienes leerán esto…

En un principio iba a ser un relato corto, pero se alargó…

Y os hice esperar una semana más. 

*

*

¿UNA ASPIRINA?

2ª Parte –

Pasaron varios días hasta que alguien encontró el cuerpo de Hilde flotando entre los juncos. Era un día lluvioso y frío, envuelto por una extraña niebla anaranjada que hacía bastante siniestro el amanecer.

Hilde, hermosa y azul. Los labios aún perfilados por el rojo carmín waterproof. Las manos tan pálidas y delgadas como siempre, con su diminuto anillo púrpura. Sin zapatos.

Parecía sacada de un cuento de sirenas. Así lo dijo Alfonse cuando hubo de reconocer el cuerpo en el depósito.

Alfonse y su abogado esperaban ahora en una fría sala del depósito, con baldosines blancos en el suelo, paredes alicatadas con el mismo baldosín, sin ventanas y con un único sillón en una de las paredes. En la pared opuesta había un calendario del mes de febrero, con todos los días tachados hasta llegar al doce.

– Siempre fue muy bonita – Aseguró- No entiendo como pudo suicidarse.

– Señor Nolte -Carraspeó el ayudante- hay una pequeña posibilidad de que ella cayese del puente con ayuda de alguien.

– ¿Con ayuda de alguien?-Alfonse enfureció- ¡¿Me está diciendo que alguien podría haberla matado?!

El abogado retrocedió un paso. Alfonse Nolte siempre le había parecido un hombre muy feroz. No entendía cómo la dulce Hilde había podido engañar al apuesto Adrien con el ogro de su hermano. O quizá todo se reducía a un pequeño trámite monetario.

– Oh, bueno señor Nolte… hay… un hematoma en la muñeca izquierda de… Hilde.-El abogado tragó saliva.-Es como si la hubiesen sujetado con mucha fuerza y… y dicen que podría ser un crimen pasional.

– Un crimen pasional… -meditó Alfonse- Espere, ¿Dónde está ahora Adrien?

*

Por si alguien lo dudaba,

Sí comienza con la frase de la semana

de El Cuentacuentos,

y sí, con Adrien vamos a volver al pasado,

para saber al fin lo que pasó.

No os haré esperar otra semana.

Aquí está.

*

3ª Parte –

Mola estaba apoyado en la pared de un edificio frente a la casa de Alfonse Nolte. Su mano izquierda jugueteaba con una moneda, pero la vista la tenía clavada en una ventana de la tercera planta.

De todo lo que había tenido que hacer para Adrien Nolte, sin duda ésta era una de las peticiones más extrañas. Al parecer, alguien iba a dormir o a sedar a Adrien, alguien enviado por su hermano Alfonse, pero él previamente se habría tomado un veneno que lo haría parecer muerto… Ellos tendrían que creerlo así para que todo saliese bien.

No le había dicho cómo supo que todo ocurriría esta noche, ni lo que iban a buscar. Solo que cuando ese alguien saliese del piso, él debía seguirle un rato para asustarlo y volvería rápidamente para darle el antídoto a Adrien.

Mola estaba repasando el plan cuando escuchó un portazo. Una silueta femenina se apresuró a caminar calle arriba, justo al tiempo que comenzaba a llover. La siguió un largo trecho, dejándose ver un par de veces, y volvió en busca de Adrien.

*

Adrien despertó bruscamente y llenó sus pulmones con todo el aire que su boca pudo tragar en un segundo. Estaba tendido en una cama, y su asistente le sujetaba por los hombros.

– Señor Nolte, ¿Está bien?

– ¿Estoy  vivo? ¿Estoy vivo otra vez?

– Sí, señor Nolte.

Adrien se llevó las manos al cuello y luego a su adolorida cabeza. Inmediatamente miró la mesilla y vio un vaso de agua, y en el suelo muy cerca ella unas aspirinas. Al intentar cogerlos vio sus manos moradas y sintió frío.

– ¿Esperó a…?

– Sí, señor Nolte. Esperé hasta que la Señorita salió y la seguí hasta que entró en una cafetería. He venido corriendo.

– ¡Hilde!

Sobre la cama había un pañuelo con un líquido azul.

– Ella no te vio, ¿verdad?- preguntó Adrien.

– Me vio pero no lo suficiente. No me podrá reconocer. Es imposible que me recuerde.

Adrien Nolte se levantó con dificultad de la cama.

– Tengo que encontrarte… Wo Bist Du Jetzt?

*

Adrien siguió a su instinto, y éste le llevó al lugar adecuado en el momento erróneo. Hilde y él solían pasear por esa parte del río, lo suficientemente alejada de la ciudad como para creer que estaban solos. Agazapado tras un grueso sauce podía ver la luz de un cigarrillo y escuchar la voz de Hilde.

– Eso no importa ahora, meine Liebe. Lo importante es una cosita que tú puedes hacer por mí… -la voz parecía temblar por la emoción-Sé que esto vale mucho más de lo que ahora vale mi vida. He visto a Adrien muerto y no quiero correr la misma suerte.

Adrien peleaba contra su instinto de salir y decirle que todo estaba bien y que él seguía vivo pero sus piernas no se movieron cuando ella volvió a hablar.

Escucha Alfonse, Adrien ya no me importa. Tú ya no me importas. Nunca fuisteis nada para mí. Quiero un vuelo sin nombre a un lugar donde nadie me pueda encontrar. Tú puedes conseguírmelo.

Adrien apretó los puños desde su escondite. No pudo ver una lágrima que mojó la mejilla de Hilde.

– Te daré tu estúpido cuaderno entonces, cuando me encuentre segura. Sí, déjalo en una bolsa de deporte azul en el aeropuerto, en la zona de fumadores. Estaré allí en un par de horas y no quiero verte.  Auf Wiedersehen.

Hilde colgó y se giró hacia el plateado reflejo de las luces de las fábricas cercanas. Tiró el cigarrillo al agua y soltó todo el humo de su última calada.

Adrien salió de su escondite y se puso a su lado sin que ella se diese cuenta hasta que la sujeto fuertemente de la muñeca.

– Hilde, meine liebe. -Dijo él con sarcasmo.- ¿En qué cama estuviste anoche?

Hilde forcejeó pero no dijo nada. Adrien la miró, con los ojos empañados por las lágrimas y la soltó para taparse la cara, avergonzado.

– Hilde… te soñé y apareciste. ¿Qué queríais de mí?

Hilde trató de abrazar a Adrien, pero él la apartó. Ella pareció pensar un momento, sin saber muy bien cómo empezar a hablar.

– Alfonse dijo que era suyo -Ella sacó el cuaderno y se lo dio- que tú no debías tenerlo. Dijo que era algo demasiado grande para ti. – Hizo una pausa mientras Adrien lo cogia- Solo espera que me marche, no le digas a nadie que lo tienes… bitte

Ich liebe Dich, Hilde. –dijo Adrien- …pero no te puedo perdonar.

Hilde gritó como nunca había gritado, con desesperación y desesperanza. El mundo entero pareció quedarse después en silencio, hasta que ella lanzó un beso al aire y susurró una palabra.

Tschüs.

Adrien no pudo moverse. La vio girarse y como a cámara lenta caer en el agua helada. En ese momento supo que ya todo estaba perdido. Tomó conciencia del frío del exterior al mismo tiempo que el vacío le helaba el interior. En el suelo estaban los dos zapatos rojos de Hilde. Los cogió por el tacón y se alejó lentamente del río.

*

Espero que el desenlace

no os haya defraudado mucho.

😛

*

 

 

Otro Cielo

8, enero, 2008


Cielo

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Texto: Mario Benedetti
Foto:   Synn

No existe esponja para lavar el cielo
pero aunque pudieras enjabonarlo
y luego echarle baldes y baldes de mar
y colgarlo al sol para que se seque
siempre faltaría el pájaro en silencio

no existen métodos para tocar el cielo
pero aunque te estiraras como una palma
y lograras rozarlo en tus delirios
y supieras al fin como es al tacto
siempre te faltaría la nube de algodón

no existe un puente para cruzar el cielo
pero aunque consiguieras llegar a la otra orilla
a fuerza de memoria y pronósticos
y comprobaras que no es tan dificil
siempre te faltaría el pino del crepusculo

eso es por que se trata de un cielo que no es tuyo
aunque sea impetuoso y desgarrado
en cambio cuando llegue al que te pertenece
no lo querrás lavar ni tocar ni cruzar
pero estarán el pájaro y la nube y el pino.

¿Una aspirina?

4, enero, 2008

– Los muertos no necesitan aspirina.

Hilde tomó un cuaderno de notas de la mesilla de Alfonse con la misma indiferencia con la que había hablado y salió de la habitación con el acompasado tac-tac de sus tacones.  Abandonados tras ella quedaron la habitación en penumbra, la caja de aspirinas tirada en el suelo junto a la cama y un cuerpo rígido, que parecía haber tratado de alcanzarla.

Hilde se arregló un mechón de pelo que le caía sobre los ojos, mirando su reflejo en el espejo del salón. Alzó las cejas e hizo un mohín. Luego se giró hacia la puerta de la habitación de Alfonse y lanzó un beso al aire, sin quitarse los guantes en ningún momento.

Tschüs. – Susurró.

Sus tacones rompieron de nuevo el silencio al chocar rítmicamente con la tarima y pararon para ceder el honor a una puerta chirriante y pesada. Hilde no dudó ni un instante. Al salir dio un portazo y fundió con la negra noche su silueta de femme fatale.

Al poco tiempo de haber salido a la calle comenzó a llover. Hilde metió el cuaderno de notas entre los pliegues de su abrigo y apresuró el paso. Un par de veces paró en seco al ver alguna sombra aparecer por una esquina, con la respiración agitada y un nudo en la garganta.


PC210055
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Cuando llegó al centro de la ciudad pasó a la cafetería que el azar eligió; una de aspecto antiguo, de mesas pequeñas y olor a madera recién pintada. Pidió un cappuccino con extra de cacao y apagó un cigarrillo que a penas había encendido mientras miraba inquieta a su alrededor.

El café tardó en llegar lo que Hilde tardó en desabotonar su abrigo, colgarlo en el respaldo de la silla contigua, soltarse el moño y consultar las llamadas perdidas de su teléfono móvil. Tomando un tímido sorbo, volvió a mirar a su alrededor.

No recordaba haberse quitado los guantes, pero allí estaban, sobre el cuaderno de notas de Alfonse. La voz de Jamie Cullum resonó entonando London Skies y Hilde cogió el teléfono.

Lo tengo – dijo en un susurro

– Hilde, du bist mein Leben. – Respondió la voz al otro lado de la línea.- En cinco minutos estaré en la estación.

Hilde miró su reloj de pulsera. Las ocho y veinticinco.

– ¿Y qué pasará con él?

– Sólo está dormido. No recordará nada. Ich liebe Dich, Hilde.

Nadie notó cómo la muchacha pelirroja salía del local, dejando una propina en la mesa, junto a un cappuccino aún con espuma y unos guantes blancos de piel.

Si Hilde hubiese vuelto a casa de Alfonse, habría visto la ventana del salón iluminada y movimiento en el interior. Ella tenía la certeza que el hermano de Alfonse seguiría tumbado en esa cama, y no habría sabido explicar cómo supo que cuando ella llegó Adrien ya estaba muerto.

Si Hilde hubiese ido a la estación, habría encontrado a un Alfonse muy nervioso que tenía una coartada perfecta para el día entero, pero con algo que ocultar anotado en un cuaderno que ella debía devolverle.

Hilde se acercó a un puente que cruzaba un río parecido al Thames, algo más pequeño y bastante más abandonado, y encendió un cigarrillo. Mientras contemplaba las luces de los edificios cercanos en el reflejo sobre el agua decidió que ahora era ella quien tenía el control.

– ¿Alfonse?

– ¿Hilde? ¿Dónde estás? ¡Te necesito aquí!

– Eso no importa ahora, meine Liebe. Lo importante es una cosita que tú puedes hacer por mí…

Escrito con una frase de El cuentacuentos.